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Ven y mira

El vórtice de la irrealidad

por Bianca Ashanti González

 

Ven y mira (1985)  es, sin lugar a dudas, uno de los filmes más crueles y perturbadores que se han hecho en la historia del cine. Para intentar entender su impacto es necesario ir mucho más allá del argumento, que ya de entrada es propio de una historia de horror. La Segunda Guerra Mundial, tema predilecto del séptimo arte, ha sido explotada desde todas las aristas posibles, pero nadie lo había logrado hacer con tanto estilo y tanta crueldad como Elem Klimov.

El director soviético, quien recibiría la difícil tarea de elaborar una cinta propagandística para conmemorar los 40 años del fin de la guerra, decidió trastocar todos los puntos nerviosos de la humanidad y crear un largometraje que lleva al límite los sentimientos. El filme logra crear una narrativa que a pesar de descender en picada hacia lo grotesco mantiene al espectador sentado en su butaca.

El fenómeno hipnótico, en el que nos sumergimos desde la primera escena del filme (en dónde vemos a un hombre físicamente grotesco que mediante diálogos burdos, agresivos y en ocasiones incoherentes) advierte al espectador que lo que está a punto de ver no es más que la vorágine de la locura de la que no podrá escapar hasta que el cineasta decida darle el tiro de gracia. Como la película lo hace simbólicamente con la imagen de Hitler.

Entre disparos, bombas y sonidos estridentes, Klimov nos da la bienvenida a una realidad que incomoda, que lastima todos los sentidos, que nos mira fijamente como retándonos a seguir ahí, dialogando con un largometraje que se compone de miradas que lo dicen todo. Más allá de la evolución de su protagonista, Florya (Aleksey Kravchenko), la cinta se compone a partir de la mirada de todos sus personajes, quienes auguran cínicamente la llegada de la muerte y el sufrimiento.

Resulta inevitable recordar las primeras escenas de la película, donde vemos a dos niños jugando inmersos en una cultura de la guerra que ha invadido todos los ámbitos de su vida normalizando la muerte, la violencia y el miedo. Jugar a matar deja de ser divertido cuando la muerte los mira a la cara, cuando deben correr en el bosque, huir del desgarrador silbido que anuncia destrucción y dolor.

Cuando se terminan los juegos de niños es que nos sumergimos en un universo en donde no importa hacia donde vayas o cuanto corras, la destrucción y la ruina han llegado antes. Pero Klimov supera los niveles de crueldad permitidos hasta entonces por el cine y hace de su personaje principal un espectador inmortal de la realidad. Por más cerca que esté de perecer, nunca muere, y lo único que puede hacer es mirar los actos más inhumanos posibles.

El director de Adiós a Matiora (1983) y Agonía (1981) construye un filme donde el terror no debe ser explícito (acierto de la cinta), suprimiendo a su gusto escenas de la masacre. En cambio, compone una narrativa en la que la locura de los personajes aumenta gradualmente hasta convertirse en una serie de imágenes que parecen no tener lógica ni racionalidad, al final de cuentas ¿qué es más irracional que la guerra?

Con tintes que inevitablemente nos recuerdan a Tarkovski, la cinta tiene puntos de quiebre muy claros, por ejemplo el incansable, desgastante y extrañamente hermoso intento de los dos jóvenes sobrevivientes por atravesar un pantano, que se convierte en un magnífico baile coreográfico de la locura y el miedo. La tensión se incrementa y la cordura del espectador se desvanece. Dejamos de exigir congruencia y nos convertimos en parte del vórtice de caos que parece no extinguirse.

Es clara la intención de Elem Klimov: una película propagandística que poco se acerca al patriotismo desbordado y hollywoodense al que estamos acostumbrados. El filme, más bien, resulta ser propaganda para la paz. No hay ganadores, sólo muerte y odio. Estos elementos se hacen presentes y se apropian de nosotros. ¿Quién no quiso rociar de gasolina a aquel soldado alemán que explica, con un cinismo irracional, la necesidad de terminar con la plaga que representan para el mundo los niños judíos y comunistas?

Ven y mira trasciende los límites propios del séptimo arte y se convierte en una obra que nos grita a la cara, que nos reta, nos hace odiar, nos llena de imágenes brutales durante más de dos horas y nos recuerda que los límites de lo humano siempre superan lo racional. ¿Entonces, qué nos queda? Casi como un poema, el director nos regala un final que huye de todo romanticismo y simplifica el desenlace en una señal de esperanza, un movimiento tan sencillo como girar al cielo la cámara para darnos cuenta de que seguimos con vida y que la guerra ha terminado.

Su pudiéramos resumir la genialidad del filme indudablemente se diría que es un compendio de aciertos estéticos y argumentativos que conforman una obra de arte provocadora, transgresora, incomoda e inevitablemente inolvidable.

 

14.06.18

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