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El Ángel Exterminador
Por Pedro J. Acuña
Publicado originalmente en el blog Kinotecnia en marzo de 2012

Un concepto importante en El ángel exterminador (Luis Buñuel, 1962) es la repetición, que aparece en esta película por partida doble. Por un lado, técnico, la repetición de escenas desde diferentes puntos de cámara, diálogos reiterantes o acciones espejo; por otro lado, argumental, el inicio y el fin de la historia en el mismo punto y la misma situación. Estas dos repeticiones permiten a Buñuel establecer la ilusión de la libertad.

Proponer una libertad ilusoria, es decir, inexistente, es, también, imposible. Considerarse presa de un destino ineludible nos somete al abismo de lo terrible, de la desesperación de la inacción y la hiper determinación, pero también nos libera de todo juicio moral: nadie es bueno y nadie es malo, ni siquiera es posible establecer juicios situacionales (esto, en tal y tal situación y condiciones, puede considerarse nocivo). Todo es parte de un todo que se mueve según sus reglas y nosotros somos una parte de ese movimiento. Nuestra culpa y responsabilidad moral no tendría que ser mayor que el engrane de nuestro reloj de pulsera, nuestra afección por el mundo no tendría que ser otra que la tiene el timbre de nuestra puerta. Reducirnos al destino es reducirnos a cosas. Nada más insoportable para el ser humano. En un momento uno debe gritar, casi en profesión de fe, y confesarse: “Sí, soy libre. No tengo la seguridad de serlo, pero soy libre”.

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Entonces, ¿cuál es la consciencia primera? ¿Qué no somos libres, pero, para poder existir como humanos, nos damos la libertad como un hecho?, ¿o acaso estamos arrojados en el abismo de la libertad? El Ángel Exterminador juega con esas dos preguntas, porque, al inicio, todos los invitados se consideran facultados para retirarse y, por razones que consideran propias, no se van. Los protagonistas, a la mañana siguiente, sienten extrañeza, no entienden bien por qué se quedaron, pero tampoco entran en grandes conflictos; hay dudas, pero esa duda no se hace evidente, hasta que muta en desesperación, culminada con el mayordomo inmóvil en el umbral de la sala. Ya no está dado el espacio de libertad: no pueden salir. ¿Qué se los impide? No lo saben, no hay nada que no los deje salir y no salen. El espiral de decadencia se desvela. No hay comida, no hay agua suficiente, no hay como mantener el estatus de “damas y caballeros”, comienzan los ataques.

Uno de los personajes muere, otra pareja se suicida, otra sufre de delirios paranoicos —una increíble escena de una mano amputada—. Durante una hora asistimos a la perversión de lo humano. El aislamiento los desnuda de todas sus ilusiones, porque del exterior tampoco se puede entrar.

Ya en la recta final de la película, todos están convencidos que Edmundo Nobile, el anfitrión, es el culpable. Lo matarán para salir del suplicio, pero Leticia, invitado que no figura mucho al inicio de la película (y que en ese momento se revela como centro gravitatorio de la acción cinematográfica), nota la repetición última. Cuántos cambios no habrán hecho de muebles y de posiciones en el tiempo que estuvieron ahí, cuántas combinaciones no habrán sido gastadas por el mero hecho de querer sobrevivir. En ese momento, Leticia apunta que muebles y personas están en el mismo lugar que cuando quedaron encerrados en la sala. Han regresado al inicio y pueden salir. La Walkiria, apodo de Leticia, es la primera que deja la sala y los demás la siguen. Parece, entonces, que la libertad debe ser presupuesta, sin razones o argumentos, debe ser creída, debe ser acto de fe para poder ser efectiva.

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Los sobrevivientes del encierro ofrecen una misa Te Deum en agradecimiento por la vida que les ha sido prestada. Termina el servicio y sucede de nuevo. Nadie puede salir, nada se los impide, pero no pueden escapar del recinto. Afuera se da una especie de revuelta social. Letrero de FIN y créditos.

Tal vez no existe la condición primera. No es que nos creamos libres y no lo seamos realmente o que necesitemos creer en la libertad para poder ser libres. La cuestión queda abierta, porque la libertad es de esas cuestiones humanas que no tienen clausura. Lo único que me atreveré a asegurar es que Buñuel pone a la libertad un sustantivo muy adecuado: es un fantasma (parece que El fantasma de la libertad [1974] se corresponde con El Ángel Exterminador)? Esto, más que apelar hacia lo irreal, deja una zona gris. La lógica del fantasma no es que no exista, sino que no sabemos que existe con seguridad; de él sólo tenemos huellas, sonidos, cadenas arrastrando, objetos cambiados de lugar, miedo.

02.04.12

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