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El hombre es la sirena del hombre

 

por Brianda Pineda Melgarejo

 

Estrenada en mayo de 2019 durante el festival de Cannes, El faro, segundo largometraje dirigido a sus 36 años por Robert Eggers (quien sorprendió a todos con su ópera prima The Witch en 2015), aparece en cines abriendo el año y es, en el recalentado de la representación, un platillo crudo, sazonado a desasosiegos y, por qué no decirlo, sabroso en extrañeza.

Eggers ha hecho público su interés por los cuentos populares y de hadas, por la religión y lo oculto; elementos que lo llevaron a elegir esta inquietante historia. Situados a finales del siglo XIX, dos hombres desembarcan en un faro de Nueva Inglaterra con la misión de cuidarlo y ponerlo en marcha. El viejo y curtido Thomas Wake (Willem Dafoe) somete al joven y huraño Ephraim Winslow (Robert Pattinson) a trabajos pesados y le prohíbe ingresar a la parte alta de la torre donde se encuentra la lámpara del faro, sitio al que sólo él, como superior, tiene acceso por las noches. Ambos personajes se reúnen durante comidas y cenas lóbregas (en la primera de ellas Thomas cuenta a Ephraim cómo su compañero anterior [a quien reemplaza el joven Winslow] se volvió loco, atormentado por soñar a las sirenas y a otras criaturas marinas); también duermen en una estrecha habitación en camas separadas e intercambian diálogos parcos durante la jornada que suelen terminar en explosiones violentas por parte del farero, quien advierte al leñador, desde un inicio, su condición de sirviente y por ello no deja de darle órdenes. Del despertar al final del día la rutina es la misma. Sin embargo, cuando parece que la monotonía será regla en el film, una serie de variaciones insólitas dan personalidad a una trama que semeja una espiral sin fin.

No sabemos qué historia real hay de fondo y no importa. Como espectadores aceptamos la información que los dos desconocidos que arriban a la isla nos quieren contar: sus nombres e historias no son comprobables. Después de un par de secuencias, lo que parecía dado por hecho al salir de las bocas de dos personajes que están conociéndose, se desvanece cuando uno de ellos, Ephraim Winslow, al igual que el ayudante anterior, comienza a experimentar una serie de alucinaciones que, sin entender si pertenecen al mundo real, imaginario u onírico del personaje, lo llevan a cruzar al otro lado de la cordura, transformación en la que mucho tiene que ver el viejo Thomas con su comportamiento envilecido. El faro es una película sobre el desprecio entre dos seres solitarios y una reflexión de la identidad enunciada al pasar la delgada línea que separa el mundo inconsciente de aquél territorio neutral en el que aprendemos a comunicarnos por medio de la razón.

Pensando en la obra de arte como el lugar de las transformaciones, la película conduce al espectador a la perplejidad. Lo desarma en comprensión. El estrecho formato 1.19: 1 (utilizado en el cine silente), el carácter monocromático, el uso arcaico del dialecto náutico-coloquial de hace dos siglos (Dafoe está monumental y blasfemo)[1] conjugado con un humor escatológico, al que hay que sumar una atmósfera desoladora en neblina e imponente a mareas altas, vuelos extraños de gaviotas y ventiscas que se convierten en látigos bajo el influjo de la tormenta en la que se manifiestan sirenas, atisbos tentaculares y un ave tuerta queriendo dar un mensaje oculto, hacen de El faro un secreto revelado por la magia humilde de la poesía que no sabe lo que quiere decir, pero se atreve. Aquí, en todo caso, la pretensión de una trama ambigua es una búsqueda estética que, si bien a momentos se acerca a lo descabellado y amenaza venirse abajo (sobre todo en la secuencia final), continúa y alcanza en su clímax un puesto honorable en la lista de películas que no encuentran clasificación. Su terror es interior y hermético y si bien está llena de escenas perturbadoras se inclina más a mostrar la afectación que ese mundo sobrenatural ejerce sobre Winslow (Pattinson) que el mundo mismo; acaso para decirnos que la experiencia pesadillesca del otro es intransferible, pero no por ello imposible de narrar.

 El director co-escribió el guion con su hermano, Max Eggers. Parte de su infancia la vivió en Nueva Inglaterra, por lo que planear la película en dicho escenario fue una forma de volver a ciertas raíces. En una entrevista[2] habló de su proceso creativo: no le interesa el performance, dar espacio a ensayos y más ensayos no es lo suyo, prepara todo en poco tiempo; prueba de esto es que junto al fotógrafo del film Jarin Blaschke (quien consiguió tras la lente un resultado de pesadilla y sublime) planeó las posiciones y movimientos de la cámara antes de que los actores pisaran el set. Pese a su desdén por el dramatismo, actores como Willem Defoe que han hecho teatro consiguen ponerle sal a la película con su interpretación (lo cual se agradece). La fusión de talentos es favorable al efecto siniestro de la obra. Si bien muchos prejuiciados por la leyenda insulsa del vampiro crepuscular se resisten a creer que Robert Pattinson puede redimirse como actor de dicho papel, lo cierto es que están equivocados: el sombrío, desdeñoso y loco hombre-sirena protagoniza una de las mejores escenas masturbatorias del film sacudiendo símbolos y redimensionando el significado sexual de dicha criatura mitológica que, como nos han dicho, existe para perder a los hombres.

En medio de la alucinación, el hombre es la sirena del hombre. No hay desperdicio, el cine aquí expuesto, en cierto homenaje a la humildad que lo vio nacer como arte, más que una historia “cuenta” una experiencia y nos devuelve al viejo placer de sentir que asomamos por una metálica cerradura oxidada a un mundo que no es el nuestro, pero en el que nos reconocemos.

Winslow escucha el canto de la sirena, pero ha sido hipnotizado antes por el canto del faro, esa máquina de luz y ruido que llama a tierra a los navegantes. Un marinero solitario que mira el vuelo enrarecido de las gaviotas y contempla, sin saberlo, el alma de sus difuntos compañeros de oficio. Un hombre alejado de la civilización que avanza con furia entre los días de trabajo y lejos de los suyos termina por acercarse a los dioses crueles que, sin duda, son los más antiguos. Es probable que aquél joven lleve dentro la tempestad de la que huye, y que a solas o acompañado de otro viejo lobo de mar (que se rige hace años por una fuerza inhumana y profesa un culto pagano a la luz), termine por desconocerse y cante bajo la embriaguez de la comunión violenta, a ratos risible y tierna en desamparo con el otro, su semejante, cante hasta que su canto lo conduzca por visiones de la isla que sólo alcanzan los que se pierden.

 

07.01.20

 

[1] Robert Eggers realizó una investigación que abarcó Moby Dick de Herman Melville, las narraciones de Robert Louis Stevenson, las maldiciones marinas de Shakespeare y Milton adaptadas por su intuición, así como diarios de fareros, entrevistas con leñadores, etc. Entre todo esto, encontró a Sarah Orne Jewett, una escritora del estado de Maine que logró representar en una de sus novelas el habla de la época; este hallazgo fue reforzado por otro que logró la esposa de Eggers, al descubrir una tesis sobre el dialecto de la costa de Maine en la literatura de Jewett.

[2] Entrevista: https://fortune.com/2019/10/18/robert-eggers-the-lighthouse-robert-pattinson-northman/

 

 

Brianda Pineda


@brryanda

Xalapa, 1991. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la Universidad Veracruzana. Ganadora en dos ocasiones del Premio Nacional al Estudiante Universitario Carlos Fuentes. Ha publicado reseñas y artículos en La Palabra y el Hombre y rese....ver perfil

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