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Luder
Por Pedro J. Acuña

Watchmen de Zack Snyder, película del año 2009 basada en el cómic homónimo creado por el extraño escritor y guionista de historietas Alan Moore, se desarrolla en un 1984 alterno, donde los superhéroes, otrora alabados y en grandes números, están sujetos a la prohibición de sus actividades y casi todos en el retiro.

En este universo alterno, la guerra nuclear entre las superpotencias (U.R.S.S y Estados Unidos) se encuentra a la vuelta de la esquina. Ni siquiera el hombre-dios Dr. Manhattan, creado en un accidente nuclear en Arizona cuyas super habilidades consisten en manejar la materia a su antojo, puede detenerlo.

Alan Veidt conocido como Ozymandias, uno de los superhéroes retirados, “el hombre más listo del mundo”, orquestra un plan magistral. Veidt hace explotar la mitad de Nueva York con la misma energía de la que está formado el Dr. Manhattan. Este hombre-dios, su real y poderosísima amenaza, une a los bloques belicosos —porque los soviéticos también pueden ser víctimas—. Sigue el desarme nuclear y la paz mundial. Ya no todos contra todos, sino todos contra la amenaza externa (una táctica política muy efectiva en caso de guerras internas). Los testigos del plan y ejecución de Veidt son el propio Dr. Manhattan, Night Owl, Silk Spectre (otros héroes retirados) y Rorschach, el único superhéroe activo en el mundo. Los primeros tres juran guardar silencio. Desenmascarar a Veidt sería romper la frágil paz y abandonar al mundo, de nuevo, a una muerte nuclear. Rorschach se niega a seguir el juego y es asesinado por el Dr. Manhattan. El dios atómico se exilia a Marte, así que el mundo permanecerá en paz mientras el ojo en el cielo lo siga vigilando.

La tesis última de Watchmen es que algunos deben ser sacrificados por el bienestar de muchos otros. Más allá de señalar una constante histórica —y claro que el paradigma es Cristo—, la película evidencia el punto álgido de “lo civilizado”: los cadáveres sobre los que está asentada toda institución. Las culturas descansan, como la Ciudad de México, sobre una base acuosa, movediza. La institución tiene por asiento la podredumbre. El origen mismo de la cultura necesita ser algo manchado, poluto, enfermo.

El historiador, filósofo, filólogo, semiólogo, antropólogo, sacerdote —una mezcla de casi toda profesión humanística—, Michel de Certeau, se adelanta al filme Watchmen en su libro Historia y Psicoanálisis (1987). Certeau propone que la institución sólo se origina cuando algunos cadáveres están debajo de ella, pero también cuando algunos miembros de la sociedad se paran de frente a estos cimientos y los aceptan y se aceptan como parte de ellos, cuando se autodenominan Luder (basura, carroña en alemán).

Ozymandias y los exjusticieros que guardan silencio frente al genocidio se han obligado a enfrentar todos los rostros que murieron en la explosión y confirman su afiliación a estos cimientos en una escena que, inexplicablemente, no está en la película. Al final de todo, Veidt, solo en su mansión ártica, tiene una conversación con el Dr. Manhattan antes de que parta a su exilio. Veidt le pregunta al hombre-dios “¿Habré hecho bien? ¿Fue el movimiento correcto?” El Dr. Manhattan desaparece sin responderle nada, pero su silencio podría haber dicho: “Tú (nosotros) no eres más que la podredumbre, la basura, la carroña, sin la cual la humanidad no podría existir. Serás negado, serás proscrito. Serás siempre Luder”. Lo que hacen los superhéroes retirados, menos Rorschach —y por eso debe ser eliminado—, no es un acto de último heroísmo y sacrificio. Es el acto cotidiano de renuncia, el acto cotidiano de asimilación de la podredumbre del mundo para que “lo humano pueda ser”. Es el nacimiento de toda cultura.

21.07.2012

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