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Lo que Shame también monta

En el debate de cuánto podría afectar la adicción al porno la vida cotidiana de un hombre, encontramos a la producción de McQueen como la punta del iceberg. Se trata, esta nota, de abordar el tema de la mente y el alma perdidas de la civilización de las pantallas que a un click encuentran su satisfacción momentánea.

 

por Julio César Durán

 

These vagabond shoes
They are longing to stray
Right through the very heart of it
New York, New York

Fred Ebb

 

Gore Vidal dijo en una ocasión que el único peligro de ver pornografía es que podía hacerte desear ver más pornografía: podía hacerte desear no hacer nada más que ver pornografía.

Martin Amis.

 

Un tópico bastante sonado en los últimos años acerca de la popularización del porno llevada a un acelere, la accesibilidad (casi) ilimitada de la pornografía en cualquier lugar y en cualquier momento, es que existe el riesgo de crear una adicción a ella por diversos factores, entre los que se encuentran (pero no están limitados a) el condicionamiento y la insensibilización que exigiría niveles mayores de estimulación sexual.

Como consumidores de porno, podríamos decir que lo que buscamos es obtener esa deliciosa descarga de endorfinas de manera inmediata. Gracias al abaratamiento y a su accesibilidad de materiales explícitos, la posibilidad de dicha dosis de placer se pone en la mesa con un simple pestañeo. Dicen los expertos[1], de manera un tanto ingenua me parece, que la compulsión por la pornografía se asemeja mucho a la del cocainómano, porque ésta estimula por plazos cortos la segregación de dopamina, lo cual hace que el usuario se “enganche” y cada vez exija más y más recompensas y dosis más fuertes. Sin embargo, me parecería pobre limitar la condición de Brandon Sullivan, el protagonista de Shame (2011), la segunda película de Steve McQueen, a un simple condicionamiento neuroquímico.

Sin duda el personaje interpretado magistralmente por Michael Fassbender en este largometraje del otrora videoasta McQueen, se encuentra atrapado en una serie de conductas provocadas por su adicción a la pornografía, sin embargo creo que el desequilibrio de su vida no se encuentra en función de dichos materiales, sino que más bien su relación con ellos es una consecuencia obvia en un siglo XXI, donde la moneda de cambio son las autodestructivas relaciones afectivas (llámese familiares, amistosas, amorosas, laborales, etcétera).

Nos dice el novelista Martin Amis, en su artículo “Un negocio duro”[2]:

Hay actualmente dos tipos de pornografía en Estados Unidos: Features y Gonzo. Features consiste en películas de sexo con algún tipo de deuda con la narrativa ordinaria: caracterización, trama. "No mostramos solamente a gente cogiendo", dijo un ejecutivo de Features, "mostramos por qué están cogiendo." Estas películas supuestamente están dirigidas al "mercado de parejas". Las parejas, se afirma, quieren saber por qué está cogiendo la gente.

El paso que ha dado Brandon, como representante de un mundo fuera de balance, me refiero a la sociedad occidental, es justamente el de perder ya no digamos el interés por conocer dichas razones por las que la gente coge, sino que ha perdido u olvidado la razón de su propia vida sexual.

Las miradas furtivas, los (des)encuentros físicos con prostitutas, el coito con desconocidas, las tres o cuatro “chaquetas” al día, la constante búsqueda de pornografía por internet son paliativos para una poco sana soledad que se ha vuelto normal en la gris vida de Brandon. El porno no sólo se ha vuelto el aliado fiel de este inmigrante –que por cierto aparece como solvente y exitoso– en la metrópolis por excelencia (Nueva York), es también el único punto de fuga para un hombre que no puede o no quiere mantener ninguna relación, al menos no una que vaya más allá de lo pragmático.

El antihéroe de Shame le teme a, y no puede lidiar con, la intimidad. Precisamente cuando su inoportuna hermana, Sissy, llega a alojarse con él, la acostumbrada soledad se destroza y él se ve contra la pared al tener que mantener un contacto estrecho, emocional y sentimental, con otra persona, en este caso un miembro de su familia con el que parece tiene algo pendiente.

Para él es sencillo interactuar con una voluptuosa chica de webcam (gracias porno-reality/amateur), por ejemplo, situación en la que se siente cómodo y puede ser él mismo. Pero ¿qué pasa cuando una compañera de trabajo quiere ir más allá? Tienen una cita, charlan, se interrogan sobre su vida y sus pretensiones: nuestro personaje no puede con ello, se nota incómodo y por supuesto dicha interacción se va al caño.

Sin ninguna moralina, podemos decir que en la representación pornográfica las personas se cosifican, las incipientes relaciones se vuelven objetos. Precisamente el punto de Shame es “el uso”. No hay más emoción, el chiste es el utilitarismo; el porno, como objeto, sirve a un usuario. El porno es un objeto que se usa como satisfactor de una necesidad inmediata, claro está, el placer.

En el siglo XXI la idea es no involucrarse. Lo que le da el porno a Brandon Sullivan es la oportunidad de no involucrarse como persona, no incluir ninguna clase de sentimiento ni empatía, se usa y ya. Esta actitud, con costumbre tal vez, la lleva hasta las calles, hasta sus coitos.

El porno no parece haberlo condicionado, pero sí parece haber llenado un hueco que Brandon necesitaba cubrir. En las mil y un publicaciones impresas o páginas de internet que conocemos, con sus respectivas mil y un categorías y temáticas, el protagonista de Shame encuentra un ritmo de vida, encuentra una rutina así como un escape para un mundo que no tiene mucho que ofrecerle a menos que sea sexo rápido, sin limitantes ni mediaciones.

Brandon exige estímulos, nada más y es a partir de ellos que él responde. La pornografía aparentemente carece de contenidos más elaborados o significados en nuestra sociedad, es sólo el medio por el cual recibimos satisfacciones. Uno de los reyes del porno por internet mencionaba en la miniserie Pornography: A Secret History of Civilisation (1999), que las personas se excitaban gracias anuncios, no por mirar cuerpos o por olores o sensaciones corporales, era gracias a un conjunto de colores y texto en pantalla. Estamos exigiendo, como cultura, estímulos sin más, no significados.

Lo explícito de los materiales audiovisuales y multimedia es el patrón en el que Brandon se puede dejar ir de manera natural en un mundo totalmente “enchufado” a distintos tipos de dispositivos y redes. La intimidad es posible sin necesidad de establecer vínculos con otros, sin tener que compartir o escuchar las neurosis propias y ajenas, respectivamente, si lo único que se desea es un placer aquí y ahora. Los hermanos protagonistas son producto del mundo contemporáneo que exige todo rápido y todo furioso. A la chingada con la familia y a la chingada las charlas. Bienvenidos sean los placeres fortuitos. No importa quién sea, ni en qué formato, Brandon no necesita el calor de otro, ni siquiera precisa los objetos mismos, le basta con la imagen de éstos para pervivir.

 

09.10.13

 

[1] La adiccón a la pornografía, Naomi Wolf. Publicado en Publico.es el 1 de julio de 2011.

[2] Traducción publicada en el sitio web de Letras Libres en abril de 2002.

Julio César Durán


@Jools_Duran
Filósofo, esteta, investigador e intento de cineasta. Después de estudiar filosofía y cine, y vagar de manera "ilegal" por el mundo, decide regresar a México-Tenochtitlan (su ciudad natal), para ofrecer sus servicios en las....ver perfil
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