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Sin querer queriendo

por Ali López

 

A Agustín P. Delgado (director y productor del añejo cine mexicano) le debemos el peor apodo de la farándula jamás puesto, aquel con el que sobrenombró a Roberto Gómez Bolaños, sí, Chespirito. Porque según él, Gómez Bolaños era del tamaño de un Shakespeare chiquito. ¿Pero qué tiene este cómico, guionista, y actor mexicano, de aquel dramaturgo inglés? Nada, respondemos muchos. Tal vez sólo la habilidad de escribir diversos guiones en corto tiempo, pero eso no lo hace nada digno para ser reconocido como un Shakespearcito, ni mucho menos, una versión nueva del ya mencionado prócer de las letras. Sin embargo, comparemos.

Shakespeare tuvo que recurrir a su creatividad para “inventar” palabras no recurrentes en el idioma inglés de su época, palabras de cuño extranjero, pero que él atrajo al idioma anglosajón, o que simplemente resignificó en su propia lengua. Palabras como undress, majestic, gloomy o hurry, que hoy son muy utilizadas en la vida cotidiana y literaria de los de habla inglesa.

Bueno, dirán los defensores, Chespirito tal vez no nos ha otorgado nuevas palabras, pero sí frases que se han incrustado en el imaginario popular como: “Fue sin querer queriendo”; “No hay de queso nomás de papa”, ¡Síganme los buenos!” y más. Pero fuera de lo coloquial/televisivo, ¿se han usado estas frases en un contexto diferente a su registro original? Fuera de Gómez Bolaños, y los personajes creados por él, ¿quién usa estos términos para comunicarnos algo, ¡quién!? Y de verdad, ¿están ancladas en el lenguaje popular? Cada cuánto las décimos, o las escuchamos, o nos referimos a ellas como un legado. Porque aquí empieza la segunda parte de la comparación, el imaginario, la creación, la inventiva.

A Shakespeare se le atañe, con el paso de los siglos, la falsa autoría de sus textos, pero conspiraciones y rumores aparte, el escritor inglés creó poco menos de 40 textos para teatro, además de sonetos, poesía. Todos con diferente intención, color, ritmo y tema. Respetaba los estándares de la época, y los cánones teatrales, lo que puede dotar a sus obras de cierto paralelismo, pero siempre contaba diversas historias. Nuestro Shakespeare chiquito, era el amo de la plantilla, del copypaste si hubiera existido. Si no me creen, vean los capítulos del Chavo del 8, años y años de transmisión, retransmisiones y reinvenciones, sólo para ver una y otra vez el mismo chiste, la misma secuencia, y el mismo gag. Y es muy fácil aprenderse el recital de diálogos de esta serie:

 - ¡Profesor Girafales!

 - ¿Doña Florinda!

 - ¿Qué milagro que viene por acá?

- ¿Vine a traerle éste humilde ramo de flores…!

Todos sabemos lo que sigue. Igual que sabemos lo que viene después de un “Fue sin querer queriendo”, o después de que Quico acusa a Don Ramón con su mamá.

¿Entonces, no que no estaba en el imaginario social? Pues no, no está. Las canciones de moda, que son repetidas hasta el cansancio, logran grabarse en nuestro inconsciente, pero basta que pase el tiempo, o llegue el nuevo hit, para que sean olvidadas. Esto mismo pasa, la plantilla se repite tantas veces que es imposible no aprenderla. Ése era el secreto de Gómez Bolaños, repetir una y otra y otra vez, en el Chavo, en el Chapulín Colorado, con los Caquitos, y en todos y con todos sus personajes. El gag eterno, el efecto doopler de la poca imaginación, y la plantilla pre formulada de  un guión tras otro. La misma situación, el mismo deseo por la torta de jamón, el mismo adeudo de la renta, el mismo conflicto materno-infantil y de profundo deseo sexual (velado) de las familias uniparentales y el castigo dogmático a lo que esté en contra de lo recto y bien parecido.

Comedia chapada a la antigüita, donde jamás se devela la vida real de una vecindad imposible del Distrito Federal, la vida de los pobres, de los ricos, y la idiosincrasia mexicana. Para eso tenemos a Chava Flores, que vaya que nos hace reír, y la vez nos narra las vicisitudes de la capital mexicana. Él sí nos habla de lo folclórico, lo ñero, lo que pasa en el barrio, a la vez que se queja de la desigualdad (escuchar “Vino la Reforma”), la apatía del pueblo (“¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano?”), la miseria en la que vivimos (“Peso sobre peso”). Comedia seria, entrañable, precisa. Igual que la de Gabriel Vargas y su Familia Burrón, que también se ha instalado con su lenguaje en el imaginario colectivo, en el aspecto cultural y artístico, así como en la valoración por parte de otros artistas, que incluyen referencias, homenajes y agradecimientos a la tira cómica.

Y hay quien compara a los Burrón con los Simpson, por críticos y suculentos, como hay quien dice que el personaje del Hombre Abejorro –de la serie amarilla– está inspirado en el Chapulín Colorado. Es que en México, muchas veces, medimos el éxito comparándolo con los alcances internacionales, o la proximidad que tiene a los productos de otros lados (sobre todo los norteamericanos). Y ahí se defiende a Chespirito, pues su alcance es internacional, y no sólo en países de habla hispana. El Chavo, el Chapulín y demás productos han sido traducidos a idiomas como el ruso o el chino, además de volverse entrañable en esas lejanas regiones. Pero bueno, la Coca-Cola ha llegado a cada rincón del orbe, y no por eso, es el mejor de los alimentos. Hay que diferenciar entre un buen productor mercantil, y la calidad de éste ¿no?

Porque si Chespirito alcanzó transmisiones mundiales durante la década de los 70 y 80 (su fase de mayor éxito) habrá que ver qué se hizo en el mundo, en la comedia, por esos entonces.  Aquí será también el pretexto para ver el cine de Gómez Bolaños, que es sólo una extensión de sus gags y esquemas televisivos, con otros personajes pero mismas situaciones. El Chanfle (Enrique Segoviano, México-1979), protagonizada y escrita por “don” Roberto: un torpe aguador del equipo de futbol Club América, chaparrito y sin fortaleza, pero noble y soñador, verá crecer su fama ante la oportunidad de ser un futbolista, pues resulta ser un dotado para el deporte; logra convertirse en una súper estrella. Una historia mediocre, made in Televisa, sin referentes culturales profundos, con comedia de pastelazo, barata, repetitiva.

Una feel good movie que dotaba de espectáculo a un pueblo mexicano hundido en la miseria, en un país corrupto sin libertad de expresión. No hay crítica, no hay realismo, pura inflación del sueño de ser mejores, pura rendición a la virgencita de Guadalupe y el señor Futbol. Además de ser un guión vacío, sin sorpresas, sin pies ni cabeza, que va de principio a final como una telenovela extendida, o de un capítulo de cualquier serie de Gómez Bolaños.

Ese mismo año, allá en Inglaterra, se estrenaba La Vida de Brian (Terry Jones, 1979) y sobran las palabras para compararlas. Los Monthy Python, creadores y protagonistas de la cinta mencionada, también emergieron de la televisión, y al igual que con El Chanfle, utilizan su misma plantilla actoral en la pantalla grande (en el Chanfle se puede ver a todo el cast de El Chavo). Pero en el film inglés tenemos un humor mordaz, rebelde, revolucionario, y sobre todo hilarante. Aquí hay una buena perspectiva de lo que la comedia debe ser, aquí está la verdadera herencia de Chaplin, no en los míseros sketches que intentó hacer Gómez Bolaños en su honor.

La comedia sirve como queja, como reflejo personal y espejo de una sociedad. Nos reímos de ellos, de nosotros y de todos al mismo tiempo. No es el humor bofo del Chanfle, de carpa, es el nuevo humor mundial. Monthy Python también llega a todo el mundo, y a diferencia de la serie mexicana, marca un hito, un antes y un después, le llegan hijos, imitadores, secuelas; El chavo será visto toda la vida –gracias a su casa, Televisa– pero jamás dejará la huella cósmica de los alumno que aprenden de él, ¿o ha surgido una tendencia de aquella serie, ajena su creador y/o herederos?

Si algo se le ha aprendido a las series de Chespirito, es a burlarse del diferente –el gordo, el alto, el flaco, el bajito, el pobre, el rico–, a satirizar la situación social, hacer que los pobres se rían de su pobreza, y se sientan bien –¿o no, Nosotros Nobles? –.  Y en esta época “antibullyng”, ¿por qué no prohibir la retransmisión del Chavo del 8, y su, ya lo dije, eterna burla a la condición física? No es esa la enseñanza de la generación X mexicana, el pobre se conforma con una torta de jamón, el que el hombre es incapaz de hacer algo, el que la mujer sólo está realizada cuando tiene un hombre a su lado.

Y si a la gran cineasta Leni Riefenstahl se le juzga por haber servido al partido Nazi, a Hitler y todos sus horrores, ¿por qué no medir a Roberto Gómez Bolaños con la misma moneda? Por qué no se dice que sirvió al poder, a Televisa, a Azcárraga Milmo que dijo que la televisión era para jodidos. Por qué no decir por quien votó Roberto Gómez Bolaños en el 2006 (https://www.youtube.com/watch?v=ZFaWGqr_JA4). Qué jamás se pronunció en contra de lo establecido, y que hasta condenó a los que apoyaron la legalización del aborto en el Distrito Federal. Y créanme, nada fue sin querer queriendo.

Chespirito, el Chavo, Capulín Colorado et al. vivirán mientras la televisora los deje vivir, pero no trascenderán nunca, habrá alguna generación que los glorifique, que los mantenga en el status que no se merecen, pero la historia nunca miente, y sólo lo importante sobrevive. ¿O alguien aún se acuerda de Capulina, de los guiones que Gómez Bolaños le escribía?

Alí López


@al_lee1
DF, 1990. Escritor underground. Ha publicado diversos cuentos y relatos en antologías independientes, con géneros y temas como el realismo sucio, la ciencia ficción, el terror, high fantasy y cine. Ha colaborado ....ver perfil
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