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Animación y perversión, I. La política, El rey león

 

por Samuel Rodríguez Medina

 

La animación es una forma de poesía, su fuerza y su encanto logran arrancarle minutos a la muerte. La maestría de los animadores más brillantes es capaz de pronunciar lo imposible, de darle voz a los misterios. Sin embargo, a manera de los míticos doctor Jekyll y el señor Hyde, también tiene otro rostro, un rostro perverso que es también el más visible, lamentablemente.

Los grandes estudios han encontrado en la animación una forma eficaz de seducción; el gran público acude en masa a los estrenos y nuevas propuestas. La animación goza de buena salud. Igualmente han encontrado una forma de adoctrinamiento sumamente efectiva a favor de elites conservadoras; estos mensajes pueden ser muy nocivos y devienen en una perversión social que afecta conductas y manipula pensamientos.

Disney, por ejemplo, pertenece a una larga tradición que une la animación con la propaganda política. El profesor Peter Decherney, del departamento de Estudios Cinematográficos y Medios de la Universidad de Pennsylvania, explica en su curso “Hollywood: historia, arte e industria” que en la década de los 30 la industria hollywoodense y el gobierno de los Estados Unidos entendieron la influencia social del cine, de tal manera que las productoras y sus estudios debían mantener una línea aprobada por los censores; es decir, había que sacrificar el genio artístico en pro de una condición política.

Walter Elias Disney fue de los mayores beneficiados con este modelo de producción. Su eficacia para influenciar al público, con respecto a determinados puntos de vista en cuestión social y política, es uno de sus sellos característicos y ha jugado un papel crucial en los grandes momentos de la historia reciente sobre todo durante y después de la Segunda Guerra Mundial. En este sentido, Disney-industria puede entenderse como una compañía con un marcado conservador. Lo que pretendo explicar es que sus cintas generalmente promueven una sociedad poco proclive a los cambios políticos, que mantenga sus estructuras tradicionales mientras en lo aparente parece ser progresista y libertaria.

Un ejemplo de este fenómeno es El rey león (Minkoff / Allers, 1994). Este filme es considerado un ícono no sólo en la animación, sino en la industria del cine. Los artistas encargados de su realización lograron una pieza magistral, emocionante y estéticamente compleja; su calidad técnica está fuera de duda. Sin embargo, si la analizamos a profundidad, encontraremos que en lo subyacente aparecen ideas sumamente perturbadoras, ideas que descienden a los terrenos de la prostitución social en el sentido de que el mensaje central responde decididamente a la influencia política de elites conservadoras que representan lo peor del siglo XX.

La cinta empieza con la presentación en sociedad del pequeño Simba, un cachorro que será educado para convertirse en el próximo rey de la sabana. El espectáculo es estremecedor, la música de Elton John y la animación generan una atmósfera conmovedora. Los animales llegan por manadas hasta el torno de Mufasa, el actual rey; un mandril, el viejo Rafiki, que representa el poder sacerdotal unge al niño y lo declara sucesor en la línea real. Algo, sin embargo, rompe el encanto: un rayo de luz ilumina el horizonte, los dioses se asoman a presenciar la presentación. Aquí empieza el terror.

Según esta visión del mundo, son fuerzas superiores al pueblo las que establecen las relaciones de gobierno de los ciudadanos entre sí, de tal manera que el ascenso social está determinado directamente en función de que tan lejos o cerca se esté de la casta dominante. Si bien en su dimensión estética la cinta es una maravilla, en su dimensión política es de una corrupción apabullante. De esta manera, el personaje de Scar, el tío rebelde, tiene un doble filo y puede entenderse como un tirano ávido de poder, o como un revolucionario social. Lo que es verdad es que es un personaje fundamental para entender la devastación ideológica que propone Disney.

En su papel de contrapoder es el encargado de intentar una subversión apuntalada en los desheredados y en los negados por el régimen, representados por las hienas. Su proyecto de revolución popular fracasa. El montaje manipula la figura de Scar para demostrar que si el régimen imperante es desafiado (recodemos que es validado por los dioses), entonces el orden social reventará, lo cual provocará una catástrofe de dimensiones apocalípticas. Es decir, siguiendo esta idea, las estructuras de poder son intocables, a lo más que puede aspirar una sociedad es a un reacomodo en las capas políticas, pero no a un cambio profundo. El espíritu antidemocrático es palpable, la depresión social que generaría una idea como ésta, llevada la dimensión de lo real, también.

 

17.09.17

Samuel Rodríguez


www.rodriguezsamuel.wordpress.com
Master en Filosofía Contemporánea por la Universidad de Granada y profesor de estética en el Tec de Monterrey, campus Monterrey. ....ver perfil
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