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¡Cámaras! ¡Apunten!

por Daniel Valdez Puertos

@ DValdezPuertos FB

La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte.

-Walter Benjamín, La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica-


Uno de los protagonistas fundamentales en toda lucha social del siglo XX ha sido la cámara de cine. La primera ocasión en que la cámara se puso al servicio de la agitación del pueblo fue en México, durante su Revolución. Imágenes de terrosa textura en las que liberales, anarquistas, fracciones agrarias y civiles se baten, estrepitosos, en una inclemente batalla sorda y blanquinegra, que tenía como fin último un cambio, cualquiera que fueran sus dimensiones.

Así también se documentaron envestidas de la primera Gran Guerra y sobrecogedoras escenas de la Segunda Guerra Mundial (Noche y niebla de Resnais, 1955, quizá sea el más terrible de los documentales sobre el holocausto). Los dispositivos de registro evolucionaron: se adaptó el sonido sincronizado, esa otra ventana tan importante para articular la realidad, y los formatos se hicieron portátiles, debido, en parte, a deposiciones militares de quien detenta el poder, y la sociedad los adoptó y los empuñó con fuerza como arma de sus expresiones. La aparición de cámaras ligeras, de marcas como Arriflex o Bolex, fueron los testigos tecnológicos que dieron ese margen de visión necesario para que la guerra de Vietnam y los movimientos estudiantiles de 1968 se escribieran con un peso de consciencia hasta en las más oficialistas páginas de la historia. Pues, efectivamente, la televisión ya estaba condicionada y la revolución no sería transmitida.

En este siglo XXI esta función de la cámara de cine ha entregado la estafeta a instrumentos de fácil adquisición para la población, aunque muy relativamente hablando, y con ello también un mecanismo de difusión que nadie sospechaba. Así como en los principios del siglo anterior el cine era sinónimo de velocidad y movimiento, ahora la digitalización de las imágenes son sinónimo de democratización y movimiento, en el orden más político de los términos.

Internet, redes sociales, Youtube, celulares y cámaras digitales vienen a desplazar para fortuna de la historia y su sociedad, a las onerosas cámaras, películas de cine, salas de edición y restringidos espacios de exhibición, que sus antecesores combatientes tuvieron que echar mano a costo de fatigantes esfuerzos. Nos hemos apropiado de estos dispositivos una vez más, aunque hayan sido elaborados con el tóxico propósito del consumismo y el entretenimiento express. Los hemos hecho nuestros para ponerlos al servicio de la demanda colectiva, los hemos transformado para legitimar nuestras invocaciones, nuestras propensiones y disputas, nuestra incipiente revolución. Porque nadie aquí negará que ya existe una revolución –la hay y es evidente–, una incuestionable revolución de las imágenes. Quienes aquí leen lo saben; desestimo que alguien no haya sido espectador de tan siquiera uno de los tantos videos que atestiguan la ignominia que acecha a nuestro país por hace más de cuatro, cinco o seis meses.

La revolución que nos atañe comienza con un video. La mecha que dio luz a este despertar fue sin lugar a dudas lo acontecido en la Feria del Libro de Guadalajara el 3 de diciembre del 2011. Momento en que los medios televisivos coludidos en la patraña, sin esperarlo, presenciaron y transmitieron la manifiesta torpeza de un candidato a la presidencia prefabricado con el más estricto estándar del marketing neoliberal.

Posterior a ello, la gente comenzó a preguntarse si realmente este personaje sería el gran Otro en sus preferencias electivas. Un segundo video fue revisado en el acervo invaluable que alberga Youtube, la entrevista que hizo Jorge Ramos, periodista de Univisión, al entonces destapado candidato en el que con gesto disimulado de risa no sabe qué contestar cuando le preguntan de qué murió su esposa. De ahí en adelante, la mira sobre Peña Nieta en el internet no dejó tregua. Videos más surgieron, todos de constantes pifias.

Fue durante su campaña, en la visita que realizó a las instancias de la Universidad Iberoamericana de Santa Fe, en donde los celulares dieron vista de estos ojos despiertos, fue la cámara no oficial de los medios masivos en la que muchos estudiantes avezados registraron concienzudamente la trascendencia de este acto de repudio y absoluta espontaneidad hacia el candidato. Inmediatamente posterior a esto, el presidente del partido del candidato en cuestión realizó declaraciones en las que acusaba de porros orquestados por el partido de izquierda a los manifestantes. Los medios comprometidos lo apoyaron, decían que el clamor de esta manifestación fue de tan sólo algunos cuantos, unos ciento treinta y uno.

En respuesta surgió un video fundamental en la historia de las exigencias estudiantiles. Sin ningún miramiento de temor, los estudiantes de la Universidad Iberoamericana produjeron un manifiesto estudiantil en el que mostraban sus credenciales: decían su nombre y su número de cuenta, declarando que no eran ningunos acarreados. Después de este video surgieron varios, muchos, de diversas procedencias y formatos en contra de la imposición inminente de un candidato que no está a la altura de la sociedad mexicana. De primera instancia ya hay una revolución de las imágenes y está a la disposición de todos. La suma de las pifias, los acarreos, los actos de represión por parte de los simpatizantes del partido impositor, las asambleas de miles y millones de estudiantes, conscientes que saben muy bien que en seis años la cosa se pondrá peor, si ahora no hacen nada.

Por su monstruosa capacidad semántica, la fuerza de la imagen es una de las armas más letales contra la "estructura". Con ella se construyen y se derrumban regímenes: tomemos ventaja de esta posibilidad dual. Ya no tenemos que ser un John Reed, Julio Lamadrid, Lealand J. Burrud, Herbert M. Dean, Carl von Hoffman, un Dziga Vertov, un Jean Rouch, o un Godard para demostrarle al mundo aquello que las televisoras y el dinero nos impiden. Ya no tenemos que esperar a que la historia ennoblezca nuestras hazañas después de nuestra muerte. Ahora todo es inmediato. Salgamos a la calle con nuestros cañones de proyección. En cualquier cruce, calle, avenida, montemos las cámaras lectores-electores inconformes, estudiantes-espectadores activos. Seamos creativos y hagamos lo imposible.


05.07.12



Daniel Valdez Puertos


@Tuittiritero

Textoservidor. Lic. en Técnicas de la alusión con especialidad en Historia de lo no verídico. UNAM generación XY. Editor en Jefe y cofundador de la revista F.I.L.M.E. Fabricante de words, Times New Roman, 12 puntos. Es....ver perfil

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