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ALF, una triste realidad

¿Recuerdan al intergaláctico invitado incómodo de la familia Tanner? ALF, el comegatos favorito de los años 80, era un interesante y no poco divertido cuestionamiento a las comodidades capitalistas que consumían al norteamericano clasemediero en una década donde todo parecía brillar y tener un buen futuro –afortunadamente llegaron los 90 para tirar dicha mentira. Un extranjero políticamente incorrecto, el extraterrestre, llega a poner a prueba la paciencia, así como la actitud civilizatoria, de un escenario modelo en el apacible suburbio gringo.

 

por Josefina Gámez Rodríguez

 

“Estiércol. Agrega estiércol a la lista de compras”, sentencia que le dirige, quisquillosa y exquisita, la creatura peluda a la madre de familia, mientras hojea, parsimonioso el extraterrestre chaparrito, un libro de agricultura en la cocina, en uno de los últimos capítulos de la primera temporada de la serie que llevaba las siglas con las que lo bautizaron al caer en nuestro planeta: ALF (Alien Life Form, para los que lo veían en la NBC, o Amorfismo Lejano Fantástico, para quienes lo veíamos en Canal 4 en el crepúsculo de los años 80).

Se trata de un claro aviso de la proporción en la que iba a crecer la televisión pública en Estados Unidos. Recuperaban la figura del muppet “educativo” que reinó a placer en la década del 70 alrededor de la famosísima Calle Sésamo (acá, en México, vuelta plaza), pero le agregaban una recia personalidad crítica, más monstruosa que la que ya se cargaba el oligofrénico Pato Lucas, que se pudo haber presentido, también, desde los diálogos intraducidos de Chewbaca (que, a juzgar de Han Solo, son extraordinarias rabietas cargadas de comentarios políticamente incorrectos).

ALF sería el nuevo prototipo de entretenimiento “reflexivo” para el american dream de la primera parte de la era Bush. Frases como “El Golfo Pérsico es un parque de diversiones acuático” (para desnudar “al pacifismo” reinante en esos años), o en otro caso “¿Ocho horas de Dickens? Ja, ¡lleven una almohada!” (para burlarse del “buen gusto” que profesa la familia que lo hospeda, en calidad de adopción), serían la constante de esa serie que volteaba de cabeza al núcleo de la cultura del esfuerzo in situ (vive en los suburbios), poniendo en evidencia la decadencia del imperio desde su mismo escaparate, la televisión.

Es decir, estamos ante un programa de televisión masiva que chotea sin piedad a quienes lo consumen. Por eso, no es nada raro que el protagonista sea del planeta Melmac, un inmigrante clandestino de otra galaxia que irrumpe en el corazoncito de una familia wasp modelo (los Tanner: Willie, Kate, Lynn, Brian y “Suertudo”.), a la que, cual episodios picarescos, somete a escarnio público. No obstante depende del todo de ellos, no obstante es comprendido por ellos, no obstante conoce el beneficio de haber caído ahí y no, por esas mismas fechas, en la calle Bernauer, en Berlín; en la Antioquía del narco colombiano; o de plano en el trágico Tlatelolco de la Ciudad de México.

Se trata de una lección de humanidad la que dan los Tanner. ALF se burla de ellos, les exige cosas, los incomoda, les representa un reto, pero ellos son imbatibles, incesantes en sus trabajos. Confían con toda su blancura en que domesticarán a la bestiecilla que, aunque puede ser más perspicaz que los estadounidenses promedio, no es uno de ellos, y está en deuda por haberse servido de ese maná capitalistamente perfecto.

ALF también es un homenaje –“maldito” si se quiere– a E.T. (Spielberg, 1982), sólo que en vez de consagrarse y sacrificarse, transgrede todo de manera casi gratuita para llegar a la conclusión de que sólo en el status quo (pizza a domicilio y televisión) se puede continuar a flote. Casi triste, de no ser porque se trata de un escalón hacia el salto cuántico que representaron Los Simpson en 1989, quienes ya no tenían que ser de otro planeta, ni agradecer ninguna clase de “hospitalidad” para servir en la mesa de la cultura gringa un banquete corrosivo de su propia miseria.

Pero hasta entonces, ALF podría verse como la nívea y enguantada (por profiláctica) cachetada que da la cultura estadounidense al fenómeno de la inmigración, como cuando nuestro Joaquín Pardavé hizo mofa de la comunidad libanesa en El baisano Jalil (1942) para, al final, dar una lección intercultural de integración al medio, por un lado, y por otro de estandarización del medio frente al nuevo integrante: todo Soumaya cabe en cualquier colonia (para modificarla) sabiéndolo acomodar, pero todo territorio Telcel debe agradecer primero que exista México, ¿se va entendiendo? ALF y los extraterrestres están más presentes de lo que uno creería... o quisiera creer.

¡No hay problema!

 

28.11.13



Josefina Gámez Rodríguez


@PepitaGamez

Maldecida por la conjunción de sus padres, está destinada a desgarrar filmes para ganarse la vida, mientras gusta de prostituirse como divertimento cultural. Si de rostro bizantino, su maquinaria torácica pasa atrevidamente por lo más vanguardista....ver perfil
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